Artículo Rogue One a lo grande


Publicado 2018-01-25



Rogue One a lo grande por Julio César Durán

En la década de los 70, Estados Unidos vivía una de sus crisis morales más agudas. Con la espiritualidad filtrada por drogas de laboratorio y la sensación de haber perdido el camino, “la cresta más alta de la ola finalmente rompió contra las rocas y volvió atrás”, parafraseando al Raoul Duke de Gilliam/Cox/S. Thompson. En algún punto de ese caos vertido, por supuesto, en la cultura popular, un joven realizador de apellido Lucas decidió emplear su creatividad para devolver la inocencia a occidente, y lo intentó con la Guerra de Vietnam convertida en un cuento de hadas, transformándola en un redituable producto cinematográfico que infantilizó al espectador promedio.

Cuatro décadas más tarde, aquel filme de nombre Star Wars (1977) es una marca registrada de alcances inimaginables que expandió su universo en muchos más ámbitos que sólo secuelas y precuelas en la gran pantalla. Bajo la directiva de Disney, este universo también se compone de subtramas o spin-offs, y el primero de estos ha sido Rogue One: Una historia de Star Wars (Gareth Edwards, 2016), quizá el producto más interesante de Lucasfilm en muchos años porque reaviva parte de las intenciones que originalmente tuvo esta saga, además de rescatar el carácter autoral de su primera entrega.

¿Qué nos vamos a encontrar en Rogue One? Arrancamos con Galen Erso (samurái intergaláctico interpretado por Mads Mikkelsen), un hereje del Imperio que es forzado a regresar y compartir sus conocimientos –a la manera de los científicos nazis que terminaron trabajando para las gestiones militares norteamericanas– para construir armas letales, y que en consecuencia deja abandonada a su pequeña Jyn, quien terminará siendo paria en medio de las revueltas estelares.

Ya en tiempos de la Alianza Rebelde, un piloto imperial desertor (Riz Ahmed) afirma tener un mensaje importante de Galen para el guerrillero extremista, Saw Guerrera (un Forest Whitaker muy cercano a la imagen que nos vendieron de Al Qaeda), así que el rebelde Cassian Andor (Diego Luna y su sempiterno deliberado acento latinoamericano) tendrá por misión valerse de Jyn Erso (Felicity Jones) para llegar tanto a Saw como a Galen y detener al kraken espacial que el Imperio está a punto de liberar, no importando los medios que se usen para lograrlo.

Desde el inicio, Rogue One se desmarca de la continuidad principal de la saga, pese a que obviamente se encuentra en el mismo universo. Incluso la casi extinta religión jedi es vista como una huella perdida en el tiempo, lo único que queda de ella es un viejo monje que más bien parece haber perdido la razón (Donnie Yen convertido en un mero vestigio de la Fuerza).

Aquí el fabricante de bestias, Gareth Edwards (quien al lado del sudafricano, Neill Blomkamp, quizá sea el “monster master” más interesante del cine industrial) tiene la ventaja de no tener que cumplir con el gran melodrama de los Skywalker y consigue, de entrada, algo que ni J.J. Abrams ni el mismísimo George Lucas tuvieron el valor, la inteligencia, de hacer: no calcar la estructura y argumento de los episodios IV y VI. El más evidente logro del cineasta británico es no repetir fórmulas y darle personalidad propia a su parte de la franquicia.

Además de agarrarse de elementos a manera de pastiche cultural, Edwards retoma los motivos que dieron origen a la primera entrega de La guerra de las galaxias, incluyendo un tono que lo aleja sólo un poco del cuento de caballería que imaginó Lucas y lo acercan al contexto político del siglo XXI.

Si Episiodio IV sirvió para recuperar la inocencia perdida tras Vietnam, el resto de la saga ha servido para reapropiar y representar todas las grandes batallas norteamericanas desde la Segunda Guerra Mundial, pasando por Corea, Centroamérica, el Golfo Pérsico, hasta llegar a las más recientes incursiones militares en el Medio Oriente. Edwards se vale del contexto bélico actual para perfilar al satélite Jheda, reflejo fílmico de las recientes guerras en Afganistán e Irak, incluso Siria.

Desde que nos encontramos a Jyn como una presa política (hija de quienes deben alinearse a un poder de derecha), y tener a un grupo multiétnico de protagonistas en plena era Trump (un árabe, un mexicano, un japonés, un chino, un androide negro), el filme no evade las connotaciones políticas de su tiempo. Tanto que incluso pasa lista a los movimientos insurgentes, representados en los rebeldes (particularmente en el radical por excelencia que es Saw Guerrera), y en su posible escisión, a los más extremos.

El director, de la mano de los guionistas Chris Weitz y Tony Gilroy, nos lleva a una galaxia muy, muy lejana que no habíamos visitado, al menos no de esta manera, una que se parece a nuestra Tierra, con planetas en ocupación militar y terrorismo de Estado. Rogue One no sólo se parece a nuestro mundo en cuanto a las emociones de sus personajes, sino en la geografía y sus problemas. Recupera, tanto con el andamio argumental como con el estilo visual, la oscuridad y el miedo que puede provocar un aparato bélico como el que supone el célebre Imperio Galáctico.

La ambigüedad moral como telón de fondo, donde los matices de lo correcto e incorrecto actúan en ambos bandos de la contienda galáctica, nos ofrece a un guerrillero comprometido con su causa, dispuesto a lo que sea, quien de manera fortuita se integra al grupo multirracial que pretende lograr lo imposible a sabiendas que la misión es suicida. Con recursos como el Caballo de Troya (que tanto le gusta a esta saga) y un motivo dramático kamikaze de acentos agridulces, vamos a regresar a Vietnam en el planeta Scarif, con referencias obvias a Apocalypse Now (Coppola, 1979) y, en palabras de Gareth Edwards, a Blade Runner (Scott, 1982), Alien (Scott, 1979) y Baraka (Fricke, 1992).

La maestría que Gareth Edwards posee para la creación de creaturas es tremenda, una que no hemos visto en décadas, al menos no con regularidad en el cine norteamericano. Aprovechando esta habilidad, el gran villano detrás de todo el drama familiar y de la lucha de poder retoma el carácter que perdió del episodio VI al episodio III (en orden) en pos de encontrarle una humanidad que sólo lo caricaturizó. En Rogue One, Darth Vader de nuevo alcanza a ser el gran monstruo aterrador que encontramos en las primeras escenas de La guerra de las galaxias. El gran protagonista del melodrama Skywalker aparece como una figura invencible, un gigante cuyo negro absoluto representa la maldad encarnada.

Con todo esto detrás nos enfrentamos con una entretenida obra en dos actos, en la que el montaje paralelo de su “parte b” le va a dar una intensidad a la manera de Edwin S. Porter y sus dramas silentes, algo que nos da esperanza para esta franquicia que parece perdida en la mercadotecnia. En medio del caos, la idea de hacer lo correcto une a un grupo de proscritos quienes protagonizan la mejor película de Star Wars que se haya estrenado desde El imperio contraataca (Kershner, 1980).

 

* Artículo de  F.I.L.M.E Magazine.  Para leer más artículos de esta revista visita: http://www.filmemagazine.mx

 

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Octavio Mercado Fecha :2018-01-26


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